13 noviembre 2012

Indocumentados se llevan el peor golpe en NEW YORK


NUEVA YORK.- El huracán Sandy afectó a millones de personas en Estados Unidos, sin considerar su condición social, pero a los migrantes indocumentados de origen latino les tomará más tiempo y esfuerzo recuperarse del impacto de la denominada “súper tormenta”.
“Cuando he solicitado (algo al gobierno) no me lo ha dado. Lo ven a uno mal, le dicen en las oficinas que no hablan español. Ya no he querido insistir ¿Para qué meterme en ese problema?”, afirmó Araceli Díaz, originaria de El Salvador y actual habitante de Far Rockaway, en el extremo más vulnerable de condado de Queens.

Díaz, quien llegó hace cinco años, ha debido de soportar durante 14 días las temperaturas que por las noches se ubican por debajo de los cero grados centígrados, sin energía eléctrica ni calefacción, en el departamento que comparte con su esposo, Neris Bojorge, de Nicaragua, y con su hija de tres años.
“Nada más nos abrigamos muy bien con muchas cobijas, y rezamos para que nos pongan de nuevo la calefacción. Sólo agua y gas tenemos, aunque no hay agua caliente”, explicó Díaz, quien según la ley podría obtener ayuda federal del gobierno a nombre de su hija, nacida en el país.
No obstante, Díaz -quien antes del huracán laboraba como empleada doméstica y que tras Sandy no ha sido llamada de vuelta a sus labores- considera que los inmigrantes llegan a Estados Unidos “para asumir sus problemas y para enfrentarlos como mejor puedan. A algunos les dan ayuda y a otros no”.
Los Rockaways -una de las zonas más afectadas por Sandy que golpeó la costa este de Estados Unidos a fines de octubre, con un costo de más de 100 muertos- son el testimonio de que la situación para miles de personas va a tomar muchos meses, e incluso años, en recuperar su apariencia de normalidad.
El barrio de Belle Harbor, en Rockaway Park Beach, tiene el aspecto de una zona de guerra devastada por la destrucción, con calles aún cubiertas de arena y de desperdicios, pese al trabajo constante de equipos de voluntarios, soldados y de la Cruz Roja.
Tras dos semanas de la catástrofe, el gobierno ha garantizado que esta misma semana restablecerá el servicio eléctrico para las miles de personas que aún no lo tienen en los Rockaways. La línea del metro que llega a la zona, sin embargo, no tiene fecha para ser reabierta.

DIPUESTOS A ENFRENTAR TODO SOLOS


En los Rockaways -a unas dos horas desde el centro de Manhattan- se ha establecido una nutrida comunidad de inmigrantes sin documentos de América Central, que se desempeña en labores esenciales para la sociedad, aunque en posiciones precarias, sin ninguna compensación.
Antonio Miranda (52 años, de Guatemala), quien vive en el mismo edificio que Araceli Díaz -en el 439 de la calle 22, en Far Rockaway- no ha logrado regresar a su empleo como panadero en un negocio en Inwood, y no ha enviado los recursos que su familia espera en su país de origen.
Miranda, que se cubre durante las noches con tres y cuatro cobijas para sortear “como se pueda” el frío de Nueva York, también sabe que no recibirá ayuda alguna. Sus dificultades las sorteará solo, una actitud generalizada entre indocumentados, que aún en esta coyuntura tienen temor de mostrarse.
Empleados del consulado de México en Nueva York han asentado la dificultad de ubicar a los mexicanos afectados por Sandy porque aquéllos que no cuentan con documentos se niegan muy a menudo a abrir siquiera las puertas de sus casas o a hablar con alguien que no conocen.
“He tenido que hacer entrevistas con algunos damnificados con la puerta cerrada. Debo pasarles mis identificaciones por debajo de la puerta, si tengo suerte me contestan”, dijo Dante Gómez, cónsul encargado de la atención a la comunidad mexicana.
Al frío y la desconfianza se suma también, en el caso de otros indocumentados, la tragedia de haber perdido todas sus pertenencias tras el huracán.
Jorge y Teresa Miranda –originarios de El Salvador– se quedaron en sus casas de Belle Harbor el día que el huracán impactó sus viviendas, ambas en un sótano. Subieron a la planta baja de sus respectivos hogares para contemplar olas de hasta cuatro metros arrastrar todo lo que hallaban a su paso.
“Fue una cosa increíble, que nunca había visto antes. Gracias a Dios que la casa aguantó”, declaró Jorge, que desde el primer día ha logrado sobrevivir con la ayuda ofrecida por los voluntarios de la zona, organizados por el movimiento de Ocupa Wall Street.
Tras 12 días de Sandy ninguno de los dos hermanos cuenta con servicios en su hogar (sólo agua corriente), por lo que se han ido a vivir con otro de sus familiares. Ninguno de los dos ha logrado retornar a su trabajo.
“Tenemos otro hermano viviendo en Rockaways, que también perdió todo, pero él es ciudadano estadounidense y ya llenó sus documentos para recibir ayuda del gobierno. A nosotros no nos ha tocado nada”, lamentó Teresa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario